Editorial: aves en peligros de extinción


Contiene un ave en peligro de extinción


Recibimos estas instrucciones de parte de los Chang. Dudamos que podamos llevarlas a cabo, pero como siempre, hemos cumplido con abrir este blog, cosa que hacemos con gran gusto. Acá las instrucciones:


INSTRUCCIONES PARA HACER ARTE NO CONVENCIONAL
CON BIBLIOTECAS

A Carlos Zerpa


1) Pedirle a cinco autores reconocidos y venezolanos cinco libros de su biblioteca. Agregar 3 libros: uno de la biblioteca de los Chang, uno de la biblioteca de Urriola y otro de la de Santaella.

2) Mejor si los libros contienen anotaciones.

3) Entrevistar en video a los autores, quienes deberán hablar sobre cada uno de los libros elegidos.

4) Mandar a construir una biblioteca donde los libros han de estar de frente, mostrando las portadas o las partes con anotaciones. Cada libro debe estar acompañado de los respectivos videos.

5) Llevar la biblioteca con los libros y los videos a un museo.

6) Llamar a la exposición “Contra la ignorancia de los poderosos”.

7) Abrir el museo y dejar pasar a la gente.

8) Disponer cámaras de seguridad en torno al museo con el fin de grabar la noche en que los esbirros asaltarán y quemarán el lugar.

9) Recoger los restos del incendio.

10) Mandar a hacer otra biblioteca.

11) Colocar los restos del incendio y los videos en los estantes de la biblioteca.

12) Exponer la nueva biblioteca en un museo.

13) Llamar a la exposición “La energía no muere, se transmuta”.

14) Abrir el museo y dejar entrar a la gente y a los periodistas.

15) Invitar a la gente a escupir los videos de la acción falaz.

16) Sacar una revista sobre bibliotecas Chang en el mes de marzo.

17) Asistir al taller de arte no convencional del maestro Carlos Zerpa en la UNIMET.

18) Escribir en un cuaderno:


Las bibliotecas son aves en peligro de extinción


19) Aprenderse la frase.

20) Pasarla a los niños y todos los que la necesiten.

Blibiotecas de bibliotecas

Pablo Doberti


El desorden es rara vez virtud; sin embargo, en el reino de las bibliotecas lo es. Desconfío de las bibliotecas ordenadas. Guardo en mi memoria una imagen de Onetti en su consustancial cama, y el marco es una biblioteca desordenada hasta el escándalo. La guardo como la imagen pura de la biblioteca y del lector.

¡Qué feos lucen los estantes cargados de colecciones de lomos engomados! Esas son bibliotecas de editores, no de lectores. (El contraste entre la biblioteca de mi casa y la de mi oficina lo evidencia.)

Todo es áuricamente desigual en una buena biblioteca. Los estantes no tienen las mismas alturas, a veces ni las mismas longitudes, y muy a menudo son de diferente profundidad; en ellos no hay dos libros del mismo tamaño, ni del mismo grosor. Como las montañas o como las olas del mar, la pretendida homogeneidad solo se percibe en escorzo, desenfocando. En rigor una biblioteca es una reunión de lo exhaustivamente diverso.

El secreto e imperceptible orden del desorden de las bibliotecas no es visible. Es de otra índole. Su existencia se descubre solicitándole un libro al propietario. Estén seguros de que si lo tiene, lo hallará casi de inmediato. Buscará como un ciego y encontrará como un vidente. Algo lo guía; lo mismo que ordena su escandaloso desorden. La trama que hila ese universo destartalado es de una complejidad superior a la psiquis humana. Superior –digo- porque es producto de los más enrevesados rincones de la psiquis humana. Es la ruta de las lecturas y de las consultas. O mejor aún: es la ruta de las intenciones de las lecturas y de las consultas.

La biblioteca es la evidencia de las intenciones de una persona. Es el mapa de sus anhelos y –también- de sus postergaciones. No todo es panacea, tampoco. Siempre hay libros esperándonos y siempre habrá libros esperándonos. La biblioteca es el diario más íntimo.

También están las otras falsas bibliotecas, además de las devaluadas bibliotecas ordenadas. Me refiero a las bibliotecas fetiches. No me gustan porque los libros no son fetiches. Me parece una contradicción en los términos. Un fetiche no es un libro porque predomina el valor de objeto sobre el valor de contenido. El fetiche vale por lo que es, no por lo que nos proporciona con su uso. Eso –insisto- ya no es un libro. Un libro es lo que se produce con su lectura. Estoy pensando en las bibliotecas de colección, de ediciones únicas, de manuscritos y vainas por el estilo…

Pero también están esas otras bibliotecas, raras y místicas, hechas de deshechos, de libros desechados. Desechados porque ya han sido leídos. A éstas, por el contrario, las valoro. Bibliotecas que son casi sustitutos del cesto de basura. En ellas, libro leído es libro inútil, y va a apilarse en cualquier parte. Respeto a estas bibliotecas y a estos lectores. No hacen culto ni de la relectura. No acumular frustraciones, sino fiestas. No atesoran sino la experiencia de la lectura. Tal vez ésos sean los lectores perfectos.

Bibliotecas de bibliotecas, en suma. Matices de un mismo mito genial, el de que en las casas en donde no hay libros hace frío.

El alma es una galleta

Roberto Echeto ®



Dicen los místicos que muy dentro de cada quien, hay una o varias fuerzas que hacen a cada persona ser quien es. Como ese nudo inexplicable se encuentra en una región donde las palabras no explican nada, tenemos que usar una escafandra lingüística para poder hablar de él. El término «alma» es el traje presurizado que nos permite hundirnos en esas misteriosas regiones.

Bart Simpson y muchos de nosotros acreditamos la idea de que tenemos un alma y que ésa es la parte más preciada de nuestro ser porque sobre ella actúan, así como de ella emanan, infinitas fuerzas invisibles como el amor, el honor, la fe, la dignidad, el bien y el mal. Cómo será de importante el ánima que Fausto la vendió a cambio del saber total y el califa Vathek por la promesa de un sótano ahíto de tesoros.

Quien leyó los dos últimos libros de Harry Potter sabe que un horrocrux es un objeto de muy sofisticada y perversa magia oscura. Para que se den una idea de qué estamos hablando, piensen que Tom Riddle dividió su alma en siete partes y las introdujo en siete recipientes de los que sólo él tenía noticia. El objetivo de semejante operación era hacerse inmortal. De ese modo, el diario y el anillo del propio Riddle, la diadema de Ravenclaw, la copa de Hufflepuff, Nagini la serpiente, el anillo de Marvolo Gaunt, el camafeo de Salazar Slytherin y el propio Harry Potter, quedaron convertidos en los siete horrocruxes que contenían un trozo de alma del señor tenebroso.

Según J.K. Rowling, el alma sólo puede dividirse en siete partes y cada partición se produce cada vez que la persona comete un asesinato. Como Riddle mató a tanta gente en el trance de convertirse en lord Voldemort, pudo dividir su alma con relativa rapidez y perpetuar la sed de venganza que era el motor de su existencia. Eso sí: al igual que los asesinos de la vida real, Voldemort se transformó en un ser espantoso que en lugar de andar con los ojos brotados y la boca torcida, asumió las facciones de una serpiente.

En Dormir al sol, de Adolfo Bioy Casares, el doctor Reger Samaniego descubre que la mejor manera de tratar a los enfermos del alma (bello eufemismo para referirse a las personas con problemas mentales) es someterlos a una terapia que consistía en lo que él llamaba una «inmersión en la animalidad». Según ese tratamiento, al paciente se le extraía el alma y se le infiltraba a un perro joven y de cabeza ancha que debía estar en perfecto estado de salud. Ahí el alma de la persona enferma pasaría una temporada hasta que se tranquilizara y pudiera tratarse por medios un poco más ortodoxos.

A partir de esa explicación, es fácil inferir que Reger Samaniego hará unos cuantos desastres y que, a lo largo de la novela, aparecerá más de un cuerpo con un alma que no le corresponde.

Esa misma imagen, aunque con un tono satírico más exagerado, aparece en «El sueño de las calaveras», de Francisco de Quevedo. En ese relato unas almas se ponen sus respectivos cuerpos al revés dado el apuro que reina en el día del juicio final.

En materia de almas, el libro de libros es La divina comedia, de Dante Alighieri. Si algún día tienen la oportunidad de leerlo, verán que el más allá es como un gigantesco centro Sambil repleto de locales donde le darán su merecido a las almas que se portaron mal. También hay un área V.I.P. para las que se portaron bien…

El alma… Todos tenemos una… Al menos eso creemos… Todos menos los que cometen atrocidades. Ésos están vacíos por dentro… El alma se les dividió, se les empequeñeció o se les desapareció porque lo cambiaron por una bolsa de billetes o por un estimulante neuroquímico. Quién sabe.

Este tema es difícil y resulta inevitable enredarse.

Mejor cuídense y cuiden sus almas.


http://robertoecheto.blogspot.com/

Las bibliotecas ayudaron a salvar a Medellín

Dakmar Hernández


La violencia marcaba el ritmo de la vida, el comercio y los sueños en las calles, plazas y rincones de Medellín. Tras la captura del capo Pablo Escobar y desarticuladas las mafias que ocupaban zonas importantes de los barrios y centros urbanos como El Poblado y Envigado, hombres, mujeres y niños despertaron de una larga pesadilla de muerte para convertirse en partícipes en la reconstrucción y disfrute de sendos proyectos físicos y de orientación ciudadana. El pasado es una huella dolorosa que se evita como quien aleja a un mal pensamiento. Para ellos, lo más importante es el ahora y lo que el futuro pueda traerles.

Durante 2007, la llegada del metrocable y la inauguración del Sistema de Parques Biblioteca, junto con la recuperación y remodelación de espacios públicos comenzaron por cambiarle la cara y la dinámica a esta ciudad antioqueña. Bajo el lema “Del miedo a la esperanza” el alcalde de aquel entonces, Sergio Valderrama, adelantó un ambicioso proyecto de transformación urbanística (actualmente bajo la continuación del alcalde Alonso Salazar) que pretende ubicar a Medellín como una de las ciudades más modernas, amables y seguras de Latinoamérica.

La fórmula para este cambio fue y es la intervención como principio transformador. En varios puntos claves de la ciudad, asestados por altos índices de criminalidad y de violencia, se abrieron parques y plazas, espacios para conciertos, fuentes y patios con arena y plataformas de descanso donde el agua es el hilo conductor. Al mismo tiempo, se remodelaron espacios emblemáticos como la Universidad, los parques y jardín botánico, calles y plazas, se inauguró el primer metro en suelo colombiano y se creó la red de parques biblioteca, un sistema de transformación urbanística donde se insertan bibliotecas en los barrios más pobres y populares de la ciudad y se crean centros de salud, de economía comunal, colegios y servicios, mejorando la calidad de vida de los ciudadanos.



La biblioteca es el corazón del barrio
Hasta la fecha, se han inaugurado seis parques biblioteca en los barrios más populares de Medellín. Uno de los más famosos es el Parque Biblioteca España, local ubicado en lo alto del cerro del barrio Santo Domingo de Savio, ubicado al nororiente de la ciudad. Desde el minuto 10 del recorrido en el metrocable pueden observarse los imponentes volúmenes de laja negra y madera que aparecen incrustados en el filo norte de la montaña. De noche, las cajas enormes fungen como luceros coronando el cerro. El responsable del diseño fue el arquitecto Giancarlo Mazzanti, premio Nacional de Arquitectura y responsable igualmente del Parque Nacional de Bogotá y el Centro de Convenciones de Medellín. También acompañó este proyecto el Instituto de Cooperación Española, con la participación directa de especialistas provenientes de Barcelona, Bilbao y Madrid que colaboraron con sesiones de cine, Cuentacuentos, talleres y encuentros en los que se dieron a conocer los beneficios de la llegada de la biblioteca, reforzando el sentido de pertenencia y facilitando el cambio que un proyecto como éste traería a sus vidas.

El 27 de marzo de 2007, con la presencia de la comunidad, el presidente de la República de Colombia y los reyes de España se inauguró el parque biblioteca España. Desde ese entonces, la comunidad celebra el espacio colectivo, el reconocerse en un local moderno, digno, sin proselitismos ni preferencias. Tímidos, amables, los habitantes con los que compartimos el espacio en los funiculares anuncian la llegada al más grande de sus más orgullos, relatan cómo sus nietos pasan las tardes leyendo y jugando en la biblioteca y en su discurso no figuran consejas sobre peligros o robos más allá el “cuidarse” como dicta el sentido común en cualquier lugar del mundo.

En planta baja los más pequeños leen y juegan en pequeños grupos. En el segundo piso hay una fila de niños no escolarizados que esperan su turno para entrar a la sala de lecturas y otros, más grandes, cuentan los segundos para poder sentarse frente a los monitores. Son casi las 9 de la mañana y en la biblioteca no hay silencio posible.


Cómo llegar
Carrera 33B # 107A-100

En Metro:
Estación Acevedo, Línea A Metro Cable (Estación Acevedo) Tarifa Fija: $ 1.300

En autobus:
Rutas de Buses: 060 – Santo Domingo 055 – Barrio el Pinar 056 – Barrio la Esperanza Tarifa Fija: $ 1.200

WEB: http://sistemabibliotecas@bibliotecapiloto.gov.co/



http://elinterdictodedakmar.blogspot.com/

Los libros, el atardecer y la noche

Rodrigo Blanco Calderón



A Guillermo Sucre


Para un lector mórbido, de ésos que amanecen leyendo un libro de crónicas de fútbol aunque no les guste el fútbol, de ésos que compran libros por el sólo placer fetichista de tenerlos, de ésos que, como Proust, afirman que quizás no hay días más dichosos de la infancia, tan plenamente vividos, como los pasados junto a un libro preferido, para ese tipo de lector, decía, un libro, evidentemente, no es un simple objeto. No es algo que se suma al mundo de los seres y las cosas. De nada serviría decirle a ese lector que su libro, ése que sostiene como un predicador junto a su pecho, es apenas un ejemplar entre los muchos de la respectiva edición que compró. Ese libro, pese a que tipográfica y materialmente sea idéntico a otros miles de libros más, para ese lector es único. Las arrugas del lomo, las páginas azarosamente maltratadas, son la cifra de los pliegues de su propio rostro.

Pensándolo bien, desde la perspectiva de este lector incurable, el mundo viene a ser un objeto más que se suma al universo que tiene en sus manos. La realidad es una precaria distracción que aparece cuando el cansancio y la claustrofobia lo obligan a abandonar, aunque sea por unos instantes, la lectura. En todo caso, si insistimos en que un libro también es un objeto, que parte de la magia está en su banalidad de papel y tinta, habría que decir que es un objeto que se superpone, en lugar de simplemente agregarse, a la realidad. Es un objeto que despliega hacia dentro, hacia el vértice del códice, su propia realidad, su propio mundo que hace palidecer lo circundante.

Un bibliotecario sería la formulación ideal de este tipo de lector. Un bibliotecario, eso sí, que haya elegido ese oficio por pura vocación. No alguien que, pongamos por ejemplo, sea inspector oficial de aves y que por un acto de injuria de un nuevo gobierno dictatorial sea designado director de la Biblioteca Nacional. La formulación ideal de este lector insaciable que deviene bibliotecario fervoroso es, por supuesto, Borges.

Borges ocupó el cargo de director de la Biblioteca Nacional en Buenos Aires durante dieciocho años. Desde finales de 1955 cuando la Revolución militar expulsó del gobierno a Perón, hasta finales de 1973 cuando Perón, a su regreso, lo expulsó a él. De aquellos años de 1955 nos dice María Esther Vásquez, en la biografía Borges. Esplendor y derrota, que fueron de los más felices de su vida. “Por primera vez en su vida adulta”, nos dice la fiel María Esther, “Borges se sintió mimado, complacido y obedecido. Por primera vez le pagaban por existir, por ser Borges. Y Borges hizo conocer la Biblioteca Nacional dentro y fuera del país”.

Borges tenía en sus manos “el paraíso bajo la forma de una biblioteca”, vuelve a recordar María Esther, con una imagen idílica que ejemplifica perfectamente la relación vital que algunas personas establecen con los libros.

No deja de llamar la atención que Borges, siempre ganado a la fascinación por lo absoluto y el juego de los contrarios, haya sido nombrado el guardián de más de ochocientos mil libros en el mismo momento de su vida en que ya estaba envuelto por la bruma luminosa de la ceguera, ese “lento atardecer de verano”, como la define en "El otro", uno de sus últimos y más hermosos relatos. Sobre este punto, María Esther Vásquez establece una pertinente y razonable conexión (pues hay que decir que el poema está dedicado a ella) con el "Poema de los dones," texto que aparece en El hacedor y cuyos primeros versos dicen lo siguiente:

Nadie rebaje a lágrima o reproche

Esta declaración de la maestría

De Dios, que con magnífica ironía

Me dio a la vez los libros y la noche.

Lo primero que se me ocurre al leer estos magníficos versos es tratar de dilucidar dónde se encuentra la licencia poética. Si en el "Poema de los dones", donde la ceguera se confunde con la noche, o en el relato "El otro", donde la imposibilidad de ver se confunde, más bien, con los tintes de un progresivo adormecimiento de los colores de la tarde. Si acudimos a algunas fuentes biográficas y literarias la balanza se inclinaría por la primera de las opciones. Vázquez cuenta en su biografía ya citada que a Borges le gustaban mucho las corbatas amarillas, pues éste era el único color que aún reconocía. Por otra parte, habría que recordar el poema "El oro de los tigres", de 1972, esos versos que dicen:

Con los años fueron dejándome

Los otros hermosos colores

Y ahora sólo me quedan

La vaga luz, la inextricable sombra

Y el oro del principio.

Oh ponientes, oh tigres, oh fulgores

Del mito y de la épica

Oh un oro más precioso, tu cabello

Que ansían estas manos[1].

Otra forma de zanjar este punto es obviar la cuestión cromática o, en todo caso, verla desde sus connotaciones existenciales y religiosas. Ver la conjunción de la ceguera y los libros desde el oscuro punto de vista de “la lágrima y el reproche” o verla desde la luminosa perspectiva de una ironía maestra y divina. Se trata, en el fondo, de dos maneras de responder ante el destino.

Quizás previendo la incomodidad de esta coyuntura, Borges se adelantó a su propio destino y trató, con el recurso de la ficción, de que en el tiempo de su vida pudiera abarcar las dos opciones, los dos ánimos, las dos respuestas. Ya en 1941 Borges había contado la historia de un bibliotecario, casi ciego, que escribe la crónica de un universo infinito en el cual ha nacido y en el que pronto va a morir. Hablo, por supuesto, de "La biblioteca de Babel".

En este relato, la relación espacial que mencionaba al principio entre los libros y la realidad, adquiere su máxima escala. El Universo es concebido bajo la forma de una biblioteca constituida por innumerables salas hexagonales. “La biblioteca”, dice el narrador, “es una esfera cuyo centro cabal es cualquier hexágono, cuya circunferencia es inaccesible”. Esta descripción de la biblioteca, que en principio parece sólo geográfica o geométrica, es en realidad una descripción metafísica. En el ensayo “La esfera de Pascal” Borges recoge, en una de sus variantes, la siguiente frase que pertenece al Corpus hermeticum: “Dios es una esfera inteligible, cuyo centro está en todas partes y la circunferencia en ninguna”. El Corpus hermeticum, según lo señala Borges, es un conjunto de fragmentos atribuidos al dios Hermes Trimegisto que, al parecer “había dictado un número variable de libros (42, según Clemente de Alejandría; 20.000, según Jámblico; 36.525, según los sacerdotes de Thot, que también es Hermes), en cuyas páginas estaban escritas todas las cosas”. Luego agrega, y aquí nos da la clave de escritura de La biblioteca de Babel, que los fragmentos de esa “biblioteca ilusoria” es lo que forman el mencionado Corpus Hermeticum.

Además del panteísmo como forma y tema narrativo (la idea de que Dios habita en cada ser y cada cosa sin que ninguno de estos seres y cosas lo limite), Borges añade a su cuento, transformándola, la historia bíblica de la Torre de Babel. Esto se refleja en “la naturaleza informe y caótica de casi todos los libros” de la biblioteca. En la imposibilidad radical de los habitantes de la biblioteca de descifrar ninguno de los miles de millones de libros que la conforman. Se refleja, habría que decir, en el hermetismo inflexible de ese corpus escrito. Borges lleva la confusión originaria de las lenguas al ámbito de la lectura y la convierte en una prefiguración y en una metáfora de la ceguera. El infinito, nos parece decir Borges también con ironía maestra, sólo abre sus puertas después de velar los ojos del ciego. La biblioteca entonces se multiplica de manera indefinida, o, lo que es lo mismo, se concentra toda en un solo libro, un libro interminable como la arena.

Baudelaire se planteó estas mismas cuestiones sobre el destino, la oscilación entre la felicidad y la condena, desde la perspectiva de la Belleza:

¿Que vengas del Infierno o del Cielo, qué importa,

¡Belleza!, ¡Monstruo enorme, ingenuo y espantoso!

Si tus ojos, tu risa, tu pie, me abren la puerta

del Infinito amado que nunca he conocido?


________________________

[1] No deja de inquietarme ese giro romántico, casi erótico, de los últimos versos. Inmediatamente me pregunto de quién será esa blonda cabellera que Borges recuerda con una nostalgia presente. Pues la ceguera debe sentirse así, como una nostalgia por el presente, por lo que se tiene frente a los ojos y no se puede ver. ¿Será la rubia Ulrike von Kühlmann, hermosa mujer que Borges conoció y a quien podemos reconocer detrás del personaje Ulrica, que le da título al único relato de amor escrito por él, según confesión propia en el epílogo de El libro de arena? ¿O será, más bien, la blonda cabellera de María Esther Vázquez que lo acompañó buena parte de su vida?

Biblioteca (fragmento)

Hensli Rahn


Bueno, yo estaba sentado con los pies en la mesa esperando a que algo pasara y llamó Ruth. Una amiga de una amiga suya le había pasado el dato de un carpintero barato: yo. Luego se puso a explicar lo que quería que le hiciera. Aclaré que no era carpintero ni nada, pero podía arreglar prácticamente lo que fuera por una buena cantidad.

–Todo sube, doña. Es el precio mínimo.
–La amiga de mi amiga dijo que usted era económico.
–Qué quiere que le diga.
Silencio y a los segundos se decidió:
–Mi dirección, tome nota.

El aparto era inmenso y olía a limpio. Todo daba impresión de costoso. Una cachifa me trajo café en una vajilla. Ruth no era tan vieja como le gustaba sonar por el auricular. Y además tenía un gran culo. Me guió hasta una habitación. Era su estudio. Tres paredes llenas de libros y par de rumas en el suelo. Al centro una computadora. En la pared restante, fotografías de ella y un anciano. Su plan era tumbarlas y, en su lugar, irían unos retablos para acomodar los libros arrumados. Me dijo que podía tomar cualquiera en calidad de préstamo. Le dije que el tiempo valía oro y no lo despilfarraba.

Ruth hizo pantomimas sobre el muro de los retratos. Diseñó una biblioteca invisible. Naturalmente, se puso explicar las cosas más de la cuenta. Repitió los trazos al aire. Le gustaba que la vieran. Saqué un metro y la aparté. Manos a la obra. Pensé que así me dejaría en paz pero siguió dando lata desde la computadora. Tomé las alturas, calculé la madera. Se le podía cobrar de más. Un buen negocito. ¿Pino o contraenchapado?, dije. Ella era muy fina, quiso lo mejor y me pasó un fajo de efectivo. Me pareció poco. Bastaba para los materiales pero le dije que faltaba. Sacó el resto. La plata es para gastarla, dijo.

Llevaba una semana yendo y viniendo. El aparto inmaculado. La cachifa se perdía a las tres. El calor a tope y Ruth en falda. Más de la mitad de la pared estaba hecha. Las fotografías suyas y del viejo estaban algo más altas, aún no las quitaba. Había una con fondo de mar, en lo que parecía un yate. Otra donde ambos usaban lentes oscuros, muy serios o jugando a no reírse. Prefería una en la playa: Ruth en sombrero de campesino y bikini, mientras el viejo la abrazaba por la cintura con cara de tragedia. Luego había una donde aparecía solamente el viejo en un peñasco, con la misma expresión idiota y el viento le batía las canas. A lo mejor estaba perdido y ella lo esperaba. O estaba muerto y prefería tapiarlo de libros.

Ruth me vio mientras veía sus fotos. Giré y la sorprendí. Ajá, le dije. Echó un brinquito, medio carcajeada. Ven acá, la atraje hasta mí. Tumbamos algunos estantes sin querer. Bueno ella, yo no. Yo los puse. A ella la subí en un retablo. La altura justa para hacer y deshacer. No sé por qué le daba por agarrarse precisamente de los estantes, con los brazos abiertos de par en par. Desde esa tarde en adelante esto se repitió y se repitió y se repitió. Por el día ponía las tablas, por la noche me las tumbaba. Era un escándalo. Sonaba como una demolición. Ruth me invitaba a su cama pero en realidad sólo me nacía darle unos candelazos en ese sitio. Me gustaba que el viejo husmeara desde su retrato, muerto de la rabia. Pero más bien seguía a sus anchas, muy trágico en medio del ventarrón.

Empecé a robarle libros. Los vendí todos a buhoneros, por nada o casi nada. Creo que se dio cuenta. La pobre me preguntaba de vez en cuando por los tomos desaparecidos. Pensaba que los agarraba para leerlos. Ni idea, le decía. En realidad, no tenía idea. Sólo guardé un par de novelas homosexuales francesas. Y un libro de fotografías eróticas de un puertorriqueño. Igual no valían nada. Ruth me regaló un libro suyo publicado en los ochenta. Poesía. Enrevesada a juro. Sin pies ni cabeza. Parecida a ella y a sus cosas. Le dio por volver escribir cuando me veía trabajar. Ahora sacaba unas frases bien lujuriosas. Ruth sabía complacer un macho. Estaba sola porque le salía del forro estar sola.

Un mediodía me dejó solo con la sirvienta. Una negra tinta, muy recatada y provocadora. Tendría veinticinco o treinta. Le hice ojos y le busqué café. Ella siguió en su seriedad. Ni remotamente interesada. En eso llega Ruth y un viejo, del mismo estilo que el de los retratos pero distinto. Este era alegre o eso pareció. Venían chachareando algo de unos discos de música clásica. El viejo enfatizó la calidad del nuevo sistema. Usó bastante las palabras: óptimo y fidelidad. Trajo cornetas bajo las axilas y se volvió un ocho con el cableado. Casi se cae. Enrojeció. Le gustaba demasiado Ruth. Ruth estaba al tanto, se pavoneó delante de él y le dio algunas órdenes. Que instalara el sistema de sonido y le dejara la sala tal como estaba antes de que llegaran. Le dio media hora para acabar con eso e irse por donde vino. El viejo hizo lo que pudo. Él solo quería acurrucarse a ella en las madrugadas. Pero ella estaba enviciada con otro aparato que recién descubría, al punto de hacerle poemas. No hay justicia posible.

Cuando terminé con ella por esa noche, me fui al comedor y subí los pies en la mesa. Ya venía siendo hora de retirarse. Ella volvió a salir en un camisón. Bajo aquella luz se veía desencajada. ¿Qué hago con esta vieja?, pasó por mi mente. Me destapó una cerveza. Trajo un cenicero y encendió un cigarrillo a mi lado. Comenzó una música. El humo subía. Escucha, dijo, es Brahms.

(Continuará.)

Los límites de la B

José Urriola C.



A mí me castigaron por andar leyendo el libro de inglés como si fuera una misa del Papa (te lo juro que todavía lo hago, me das un catálogo del British Council y te lo leo como si fuera Karol Wojtyla hablándole a un estadio de Caracas en 1985). A ella le salió biblioteca por cárcel, pero por contestona. “Te me sales del laboratorio ya” dijo la profesora de química después de que se le resbalara una piedra de sodio al lavamanos y causara un estallido que despeinó a medio colegio, “No me salgo, no joda, no fue mi culpa y no me da la gana” respondió. Así que a mí la blasfemia bilingüe me costó una semana sin recreo y a ella la rebeldía (más el no joda) tres.

Cuando yo llegué a la biblioteca en mi primer lunes de castigo para ella era ya el segundo y le faltaba todavía otro más. Y estaba que se trepaba por las paredes, se sabía ya de memoria los presidentes de Venezuela que estaban colgados en la pared (los cuadros, no ellos) y te los recitaba uno a uno en orden cronológico y con los ojos cerrados, desde Simón Bolívar hasta Carlos Andrés (imagínate tú un país sin Chávez, porque Chávez era menos que un protozoario en ese momento). Ese lunes hablamos poco, porque a mí ella me gustaba un montón y me sabía su nombre, el apellido y hasta la marca de los shorts azulitos que utilizaba en los días de gimnasia. Ella, en cambio, no tenía la más prostituta idea de quién era yo. O a lo mejor sí sabía, pero las mujeres son buenas clavándole alfileres en el ego a uno, es un arte con el que nacen y que luego se toman la vida entera para practicar.

Ese recreo de 45 minutos me lo pasé viéndole las manos, la posición de los dedos agarrando el bolígrafo para garabatear cubos, gaviotas, flores, cascadas, firmas. Y también me quedé pegado a la forma en que ponía los labios, la lengua y los dientes para recitar tres veces seguidas, con años en el poder y todo, los nombres de José Tadeo Monagas, José Antonio Páez, Antonio Guzmán Blanco, Juan Vicente Gómez, Eleazar López Contreras, Luis Herrera Campins y una pila de gente más, casi todos bigotudos, que ya no me acuerdo ni me aprendí por andar concentrado en otras cosas. Sonó el timbre y con él se me vino encima la espantosa realidad de que había un mundo allá afuera donde ella ya no estaría. “¿Vienes mañana, verdad?”, me dijo con un poquito de angustia. “Mañana y pasado y pasado mañana también”. “Ah, vale. Es que te quiero mostrar una cosa”. Se dio vuelta y salió por la puerta de la biblioteca apurando el paso. Yo me quedé viendo, hasta perderlo de vista, aquel fundillito respingón prodigiosamente embutido en unos jeans. Y por primera vez en la vida le encontré, en ese punto del universo, sentido a todo.

El martes, apenas nos vimos, me tomó de la mano y, antes de que lograra sentarme en el mesón dispuesto frente a al pelotón de los presidentes bigotudos, me llevó a rastras hasta el escritorio de la coordinadora de la biblioteca: “Gloria, mire, que él me va a ayudar esta semana a organizar los ficheros”. “Amjá”. “Que entre los dos es más fácil”. “Amjá”. “Y para el viernes seguro ya terminamos de ordenarlos todos”. “Amjá”. “Bueno, vamos a estar allí, cualquier cosa”. “Amjá”.

Bajamos –es decir, me bajó ella a mí como a una marioneta a la que se le maneja con un solo dedo- por una escalera estrecha que se abría paso entre lomos y lomos de libros que jamás en la vida habían sido leídos ni tampoco serían abiertos por nadie jamás. Cruzamos frente a pasillos que olían a hongos, a polillas, a fanstasmas y a humedades hasta que llegamos a un armario metálico enorme con gavetas desencajadas por el peso, buchonas de fichas amarillentas a punto de desbordarse. De un brinco se lanzó a un hueco oscuro que se escondía entre el armario y la esquina formada por dos paredes “Bueno, amiguito, hay que poner esa vaina en orden alfabético. Yo voy a dormir un ratito así que empieza tú”. Se acostó de lado, se puso un suéter de almohada, y dándome la espalda –seamos honestos, lo que quiero decir es “dándome el culo”- cayó rendida. Tres cuartos de hora no me alcanzaron para pasar de la B, me quedé estancado en un tal Bioy Casares. Claro, perdí mucho tiempo mirando a otra parte.

Al día siguiente, misma hora y mismo rincón, se dignó a arrimarse un poco hasta empotrarse contra la esquina de la biblioteca y así dejarme libre un espacio entre su cuerpo y el armario. Le olía el pelo a champú de manzanas y cada vez que se acomodaba me pulía la hebilla con sus jeans. No pude ni quise aguantar, le hundí los dedos en el pelo y me metí un puñado grueso en la nariz, con la misma ansiedad con la que un asmático se lanza un bombazo. Se giró con una sonrisa y la lengua a medio asomar y allí me puse el doble de ansioso y de asmático. Cuando sonó el timbre para entrar a clases teníamos la boca hinchada, irritada y caliente. Ese miércoles tampoco pasamos de la B.

En el recreo del jueves tampoco. Y para el del viernes, que era nuestra despedida, ya ni el alfabeto nos sabíamos.

Al lunes siguiente no me dejaron entrar a la biblioteca durante el recreo porque “eso es sólo para los castigados”. La vi a lo lejos, sentada en su mesón frente al paredón de los presidentes con mostacho. Ella no me vio. O simuló no verme, que ése es otro talento con el que las mujeres nacen y cultivan desde chiquitas. Se dio el lujo de practicarlo conmigo el lunes próximo, cuando ya le habían levantado el castigo y teníamos gimnasia –la saludé con la mano y me dejó como a un idiota transparente con el brazo alzado en medio de la cancha-, y el lunes siguiente también y el siguiente, e igual todos los benditos días de la semana de los cinco años que aún nos quedaron de colegio. A pesar de todo -era una cosa mucho más fuerte y primitiva que yo-, nunca dejé de sentir un picor criminal en la boca cada vez que se me aparecían en el campo visual esos shortsitos azules.

Para el día de la graduación no éramos otra cosa que un par de perfectos extraños. No supe de ella nunca más y sistemáticamente evité preguntar por ella, no fuera cosa que la respuesta me doliera aún más que la ignorancia. Pasó el suficiente tiempo como para que uno pueda confundir lo alucinado con lo vivido, el suficiente como para convencerse de que la mayoría de absolutamente todo lo recordado ha sido inventado por la memoria; hasta que un día, estando casi por error en la Biblioteca Nacional, sentado en un mesón largo frente a un paredón donde sólo había fotos de Chávez, un encargado me alcanzó un papelito doblado en cuatro. Antes de que le preguntara de qué se trataba el hombre se perdió por un pasillo lateral como si en vez de caminar flotara. Abrí el papel con los dedos helados: “¿No es hora de que te leas a Bioy Casares?”.

Dejé todo sobre el mesón -incluyendo el alma- me fui hasta el pasillo de la letra B con los labios hormigueándome por anticipado, olfateando un extraño olor a manzanas que sólo se huele en ciertas bibliotecas, y con una convicción cada vez más absoluta de que hoy tampoco superaríamos la frontera de Bioy.



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La biblioteca de papel

Mario Morenza



Recuerdo un cuento de Julio Cortázar llamado “El fin del mundo del fin”. En tan sólo un párrafo, o en unas pocas líneas, el escritor argentino, que recién cumple este mes 25 años de fallecido, describe cómo crece la densidad demográfica de los escribas a consecuencia de un extraño fenómeno: los pocos lectores que habían en el mundo deciden cambiar de oficio y meterse a escribas. Aquí comienza la tragedia. Miles de miles de libros empiezan a ser producidos e impresos, tantos, que las bibliotecas tienen que robarle terreno a parques infantiles, hospitales, carreteras, originando montañas de libros, originando caos. Por medidas de seguridad, los presidentes de los países del mundo deciden por mutuo acuerdo echar contingentes de libros al mar. Finalmente, éste se convierte en “una pasta aglutinante”, luego entre más y más libros en “una pasta consolidante”, para acabar como último eslabón de su evolución siniestra y provocada en “un piso resistente aunque viscoso”. El mar que surcara Moby Dick y el Nautilus devino en fosa común salina para libros hasta que cambió su anatomía por completo, e instaló nuevas geografías en los continentes, uniéndolos, haciendo de barcos inamovibles, en ese esqueleto vertiginoso e infinito de papel, islas que contenían casinos y habitaciones con aire acondicionado. El escenario que describe con fervor y pesadilla “El gran Cronopio” es, sin duda, apocalíptico.

Cuando comencé la carrera de Letras todos mis libros abarcaban dos repisas. La población bibliofila con el paso de los semestres, creció. A un año de haber concluido mis estudios de pregrado y a una semana de comenzar los del post, estos habitantes de papel cuya anatomía la constituye un lomo, una portada, hilos en algunos casos, contraportadas, y hojas y hojas se residencian en dos bibliotecas. Dos bibliotecas que me regaló (o donó, preferiría decir) mi padre para cubrir las necesidades habitacionales de este poblado de libros. Las dos Bibliotecas Gemelas, como secretamente les llamo hasta hoy, ya presentan indicios de sobrepoblación. El hacinamiento me ha llevado a colocar algunos libros en la retaguardia de otros que sí fácilmente se pueden observar y (h)ojearse. Para acceder a los que ocupan el fondo, el olvido o la posibilidad de una lectura remota, es necesario una operación de rescate, para ellos es como vivir en un apartamento sin ventanas (hacia ellos), en la oscuridad permanente donde sobrevuelan motas de polvo y el sonido leve que escuchamos al posar nuestras orejas en un caracol: el sonido de un mar aglutinado.

Mi padre y yo la armamos en un día. Recuerdo que muy temprano un señor que habíamos contratado para trasladar las bibliotecas me esperaba en la Intercomunal de El Valle (aunque en territorio cochero). Fui a Charallave y regresé a Coche a transplantar las bibliotecas. Ese día debí rebajar como cuatro kilos, lo que recularmente rebaja un piloto en una carrera en la F1. Subí y bajé las escaleras llevando y buscando las tablas que componían los dos muebles, pues para realizar la operación teníamos que desfragmentarlos. Aún siguen allí, soportando libros viejos, y esperando los que están por venir, los libros que tengo pendiente por leer desde hace dos meses o desde hace dos años, y los libros que reiteradamente leo y releo. Todos allí, casi sin distinción, instalan una armonía de colores en cada anaquel.

Un buen día decidí reorganizar mi biblioteca no por autores, sino por continentes. Era fanático del fútbol europeo y las Divisiones y Ligas dejaron secuelas psicológicas en mi modo de administrar mi vida. Comencemos por arriba de la primera Biblioteca Gemela, por el último piso de la Torre Oeste. El último tramo pertenece a Latinoamerica, así como el penúltimo y la mitad del último piso de la Torre Este. En el cuarto piso están ubicados los autores de Estados Unidos. En el tercer nivel de la Torre Oeste se dejan ver las Obras Selectas de tal autor, las revistas de literatura que reúnen cuentos, y las antologías, a las que desde hace una semana llamo las “antojolías”. En el segundo piso las enciclopedias especializadas y un puñado de libros de crítica que en los últimos meses los ha cubierto una pasta aglutinante de polvo. En el nivel Planta Baja están los de poesía, escasos, pero por incrementarse próximamente y Best Sellers.

Torre Este, Planta Baja, clásicos. Segundo y tercer piso, Literatura Venezolana. Cuarto piso: Europa. Quinto piso, España, y último piso, Latinoamérica, como ya dije y Francia.



Mi obsesión por la burocracia divisional de la FIFA llegó a tal punto que en septiembre de 2005 decidí organizar un campeonato mundial de frases.

Grupo 1


Grupo 2


Dividí los países y autores participantes en grupos de cuatro. Seleccionaba al azar alguna de sus páginas, la frase que en ese minuto me llegara más por su contenido, armonía sonora, por lo que fuera, haría que ese libro pasara a la próxima ronda, y los otros tres quedasen eliminados. Y así sucesivamente hasta tener a un libro campeón. El libro y autor campeones aún está en la lista de los libros por leer. He aquí el cuadro final de esa primera edición:

Primera Edición Frases Azarosas

1. JUAN MARSÉ, Ultimas tardes con Teresa
2. ENRIQUE VILA-MATAS, Suicidios ejemplares
3. GABRIEL GARCÍA MÁRQUEZ, El otoño del Patriarca
4. JULIO CORTÁZAR,
Rayuela

Ana Lucía De Bastos, la apendicista número VIII, a principios de año nos comentó al resto del grupo sobre las profecías (de las) editoriales con respecto a los libros. Seguramente el que las ideó se tomó muy en serio el posible despliegue de caos que pueda originarse en el mundo si lo que se vaticina en el cuento de Julio Cortázar llega a concretarse (en la gente y en el mar, la desidia de los lectores y las sombras parecen erguirse de nuevo contra los libros). De las palabras de Ana Lucía De Bastos recuerdo su explicación sobre el sustituto del papel. Sí, el papel también sustituyó al pergamino, y el pergamino a las tablas, y las tablas a las piedras como instrumento para crucificarse en ellos (como bien diría Kafka) las palabras y frases de una persona. Toda superficie de escritura le dará paso a otra. Bueno, ya se habla de eso. Un cuadernito, todo computarizado, portátil, con toda la biblioteca entera, kilo y medio, dos kilos, ¿cuánto pudiera pesar? La Biblioteca de Babel en un cuadernito electrónico. Todos los libros del mundo en uno solo. Se cumpliría y sellaría mental y físicamente aquella frase que decía que todos los libros del mundo eran uno, y con pantalla sin iluminosidad, tan resplandeciente como una hoja de papel. Así se acabaría el dilema que atormenta a Enrique Vila-Matas: ¿qué libro rescataría de su biblioteca si tendría que elegir sólo y únicamente un libro para pasar el resto de su existencia en una isla desierta? La respuesta del autor de Doctor Pasavento fue un libro de Fernando Pessoa que escapa a mi memoria, pero con este nuevo invento se llevaría consigo todos los libros que la memoria de este artefacto pudiera aguantar: no sólo el papel fue sustituido, también las bibliotecas como muebles, éstas serán reemplazadas por ships y microships del tamaño de un Aleph y tan complicados como los callejones de nuestra ciudad o el alma de una mujer. Así que el populoso mar seguirá abatiendo olas a la nada y siendo escenarios para prototipos de Nautilus y monstruos marinos.

Sin embargo, el placer queda resumido a unos cuantos botones y cursores. El placer de ir a una biblioteca propia, ajena o pública y seleccionar ese libro que ha estado esperándote por décadas, lleno o no de polvo, esperándote para ser leído y alterado de su posición, esperándote para mantener una conversación sin la posibilidad de ser interrumpida en una noche, en la que sólo tú y el libro conversarán, tú dialogarás con los difuntos, y ellos te brindarán por medio de la lectura el hacha indestructible que partirá el mar helado dentro de ti, ese mar que no es populoso, ni de pasta aglutinada, ese mar que abate olas con cada maremoto del alma.

Cada vez que mis manos, mi intuición y la recomendación de un ávido lector me guían a buscar un libro en una biblioteca pública, ajena o propia, y este libro lo consigo, mi primera relación sensorial con él será la de la vista y el tacto, luego vendrá el olor: suelo abrir un libro (y creo que este vicio le es común a la casi totalidad de lectores) un oler el aroma que tienen esas palabras crucificadas, el aroma de las historias que allí se cuentan y están a punto de ser reveladas en una cadena de imágenes en mi mente, y de cuya cadena muchos eslabones quedarán en mi memoria, haciendo de esa historia, propia y ajena y posteriormente pública, encerrándose en los anaqueles de mis recuerdos, donde nada suele suceder hasta que se abre una de sus gavetas y se lee cualquiera de sus páginas al azar. El mundo, desde el comienzo de los tiempos, estuvo destinado a lo que Cortázar sugiere en un pequeño gran relato de Historias de Cronopios y de Famas: ser una infinita biblioteca esférica que contuviera todos los libros del Universo: una biblioteca de una biblioteca de una biblioteca. Al fin y al cabo, el mundo fue creado por la palabra. El verbo, lo primero. Cada palabra, una galaxia, cada palabra vale más que mil imágenes.


Otras bibliotecas:

Adriana Bertorelli (poetisa)
Es mi territorio, mi vicio, mi hogar, mi amor, mi desvelo, mi montaña, mi líbido.

Vecino (abogado)
Que no me mudaría sin cama, sin computadora y sin biblioteca. Quien no tiene biblioteca no quiere a su mamá.

Ana Lucía De Bastos (poetisa y apendicista)
Los libros me llaman como ciertas gomitas ácidas en forma de gusano. Si voy a un kiosco, las gomitas, si voy a una librería, a una universidad, a una feria o a la casa de alguien, los libros. Por eso, ahora tengo más de una biblioteca. La que me espera en Caracas (que reencontrarla fue como recibir al niño Jesús 5 veces seguidas) y la que llevo conmigo, la cual está en constante crecimiento y recibe, pobre, todas mis quejas, pues es cada vez más difícil la mudanza con ella a cuestas. Pero no nos queremos separar, y de hacerlo, surgirá otra y otra, así como siempre vuelve a salirle la cola a una lagartija.

Enza García Arreaza (narradora)
Es el pilar del caos que me sostiene.

Luis Felipe Castillo (narrador)
Tu biblioteca te puede decir de qué color es el desierto por la noche.

Maryfel Alvarado (estudiante de Letras, LUZ)
Mi biblioteca es como un templo donde me encuentro a mí misma cuando veo a través de los otros...

Marietta García (bloguera)
Es la felicidad, porque es una metáfora del desierto.

Keila Vall De la Ville (narradora y apendicista)
Mi historia cifrada y fragmentada en las páginas de otros. La memoria de lo que ha ocurrido mientras leía este libro o aquel. Y el combustible para lo que viene. Todo en una pared cuadriculada de madera color blanco.

La otra biblioteca de Bob Esponja

Fedosy Santaella



“Qué bello”, dijo alguien. “Qué bello”, eso fue todo, y entonces su mente se disparó, tomó un camino inaudito y, sin más, comenzó a resonar en su cabeza una canción. “Qué bueno cuando me hablas así/ y muerdes cada parte de mí/ qué bello son tus celos de hombre/ que sientes cada vez que me voy…” Al principio se alarmó, pero luego se lo tomó con calma. La mente es una esponja veloz, se dijo, y en el inconciente reposan millones de informaciones que la conciencia ignora. Nadie, ni el más culto de los hombres, puede escapar al poder de la radio, del cine o de la televisión. Alguna vez en un carro, en un taxi o en algún autobús habría sonado la tonadilla que acababa de retumbar en su interior. Por fortuna, no conocía el nombre de la cantante, el título de la canción y el resto de la letra, si acaso había más. Así que no había de qué preocuparse, el impacto de la contaminación había sido mínimo.

Pero ese mismo día en la tarde, su mente volvió hacer de las suyas. Estaba en su oficina de la Universidad, concentrado en su más reciente investigación, cuando sonó el teléfono. Apenas contestó, la voz de su prometida le dijo “soy yo” y en su mente otra voz femenina empezó a perifonear: “¡Puede pasar con confianza! ¡Va a verme limpiecita como un sol! Soy yo, me aseo con el limpiador de pocetas MAS, que desmancha más, que desinfecta más, limpia más y ¡no daña! Límpienos con el limpiador de pocetas MAS”.

—Aló, aló, ¿estás ahí?
—¿Ah? ¿Ah?... —dijo él volviendo a la tierra—. Sí, sí, aquí estoy, disculpa, querida. Es que me distraje con una bagatela, una absurda nimiedad.

En la noche, le volvió a pasar. Siguiendo rutas para su investigación, había acudido a su biblioteca personal a la búsqueda del magnífico Bestiario medieval editado por Siruela. Había dado con la información que necesitaba, y la había leído con suma atención:

“Hirba [el camaleón], el adorador del sol, siempre orienta su rostro hacia el astro. Primeramente es de color ceniciento, luego se vuelve amarillo, y por último verde; y cuando es perseguido, aparenta ser de mayor tamaño. Si se le envuelve en arcilla, y se le coloca bajo el fuego durante tres días con sus noches, y luego se ata a un epiléptico, quedará curada la epilepsia. Si se le despelleja fuera de la aldea y de los campos cultivados, y se cuelga su piel en un lugar alto dentro del pueblo, las cosechas estarán a salvo de la helada y de una plaga de langostas.”

Concluida la lectura, miró hacia el techo y se dispuso a meditar en lo leído. Pero no pudo. Una canción extraña ocupó todo el espacio de su mente: “Karma karma karma karma karma chameleon/ You come and go/ You come and go/ Loving would be easy if your colours were like my dream/ Red, gold and green/ Red, gold and green…”

Se puso de pie de un salto. Estaba horrorizado. Una vez más no tenía la más mínima idea de dónde había salido esa canción. Era como si se la hubiesen implantado contra su voluntad, como si formara parte de un lavado de cerebro. Aunque pensándolo bien, eso era.

Preocupado y alarmado, fue a darse un baño de agua caliente con el fin de calmarse. Luego buscó su cama, y se dio a la tarea de leer a Platón. Estaba en una zona segura. Nada podía pasarle. Y así estuvo hasta que se durmió y soñó con la noctura figura de un enmascarado en capa que vigilaba desde una alta torre. Se levantó sobresaltado, transpirando, con el corazón acelerado.

Al día siguiente vivió momentos parecidos. Alguien dijo cuando él pasaba por un pasillo de la universidad: “Ese mismo”, y a su mente acudió la frase “El pueblo messsssmo”. Luego pasó frente a un puesto de chucherías y no pudo evitar decir mentalmente: “El plátano más bonito que he cosechado”. Luego escuchó a una alumna que le preguntaba a un alumno, quizás su novio: “Pero dime por qué”, y en el interior de su caja craniana fue el corito de unos versitos baratos: “Tell me why! Ain't nothin' but a heartache/ Tell me why/ Ain't nothin' but a mistake/ Tell me why/ I never wanna hear you say/ I want it that way”. Acto seguido tuvo la imagen de unos muchachos vestidos de blanco danzando sobre una pista de aeropuerto. Y lo peor de todo fue que sus labios empezaron a moverse, tal como si, como si…

Las piernas le temblaron, las manos le sudaron, pero igual tuvo fuerzas para correr directo a su oficina a encerrarse. Más tarde argumentó que se sentía mal y partió rumbo a su casa. Al día siguiente llamó a su jefe y le dijo, con tono de quebranto, que tenía unas fiebres muy altas y que no podría asistir a la Universidad. El jefe le dijo que no había problema, y él aprovechó para decirle que necesitaba pedir sus vacaciones. Acá el jefe puso voz de extrañeza, pero respondió que se estuviera tranquilo, que se mejorara y que lo de las vacaciones lo arreglaban luego. Apenas colgaron, él desconectó el cable de teléfono. También desconectó el televisor (que igual rara veces encendía) y se dio a la tarea de re-leerse los libros más sesudos de su orgullosa biblioteca. Allí le aguardaban sus buenos amigos Proust, Stendhal, Joyce, Mann, Lezama Lima, Nietzsche, Leibnitz, San Agustín, Platón, Moro, Baudrillard, Eco, Baricco, Benjamin, Moro y otros tantas lumbreras de la cultura universal. A todos les dedicaría una nueva y detallada lectura con el fin de desterrar para siempre el bagazo, la grisalla de lo popular.

Durante tres semanas no salió de su casa. Comía poco, dormía poco, pero nada de eso importaba. Sólo una vez conectó el teléfono. Lo hizo para hablar con su jefe. Le explicó que seguía enfermo y que ahora sí se tomaba las vacaciones. El jefe, una vez más con ese dejo de duda en la voz, aceptó sus palabras. No había por qué negarle tal petición a uno de los académicos más descollantes y laureados del recinto académico. Por su parte, nuestro hombre siguió en su empeño de meter en su cabeza lo mejor de la alta cultura. Una lógica simple llevaba sus acciones: Si su mente había sido una esponja para lo malo, también tendría que serlo para lo bueno…



Al cabo de tres meses...
La policía y los bomberos lo encontraron tendido sobre el piso de la sala de su apartamento. Sobre la mesa del centro, hallaron la tapa de los sesos con sus respectivos cabellos; había sido cortada a la perfección y no había un rastro de sangre, como si se tratara más bien de una tapa fácil de quitar. A partir de allí y hasta el cuerpo, una seguidilla de objetos variados sirvió de insólito inventario:

1) El primer disco de Kiara, titulado Kiara.
2) Un pote de limpiador de pocetas MAS.
3) Batman: The Dark Knight Returns de Frank Miller.
4) Una bolsita de platanitos Caribas.
5) Un afiche del presidente Hugo Chávez.
6) Y el album Millenium de los Backstreet Boys.

Alrededor de su cabeza, ubicaron otro reguero de cosas: Las primeras temporadas de Los Soprano y de Lost en dividí, el Tercer hombre de Carol Reed, también en dividí; una antología de cuentos de Saki; la novela El Resplandor, y el libro de cuentos El umbral de la noche de Stephen King; un ejemplar de La silla que perdió una pata de Triunfo Arciniegas y otro de El Mago de Oz de Frank Baum; los cidís Los de atrás vienen conmigo de Calle 13 y The Number of The Beast de Iron Maiden; los cómic (o novelas gráficas) Wacthmen de Alan Moore y Sandman de Neil Gaiman; los colección completa de Mafalda y de Boogie el aceitoso; unas cuantas películas chinas y japonesas de terror, un Post-it con la dirección web: www.pornhub.com, y un muñequito de Bob Esponja.

Mientras los presentes miraban todo aquello con curioso pavor, un camaleón salió de la cabeza del occiso, miró a todos por unos segundos, sacó la lengua y desapareció.



www.fedosysantaella.blogspot.com

Neuronas y páginas

Roger Vilain


Entrar en una biblioteca es como pasear por un cerebro humano. Anaqueles, obras y autores dan la impresión de formar cierto orden bien pensado, un cúmulo de experiencias tales que da cuerpo al puñado de ideas que son el recinto donde se hace tinta y página la aventura intelectual del bicho humano.

Cada vez que pongo el pie en una biblioteca, desde la mía hasta la última que he visitado en estos días, no deja de colarse el temblorcillo que se siente cuando reconocemos estar frente a una incógnita de proporciones importantes, ante la idea de que un misterio vive ahí desde hace siglos. Dándole vueltas al asunto, entre dudas que van y encogimientos de hombros que vienen, me doy cuenta de que una biblioteca se parece mucho a esa entraña que algunos usan para pensar (bueno, otros no tanto y otros nada en lo absoluto) por eso de que en ella abundan, diría que casi como en nosotros, contradicciones increíbles, rarezas de lo más llamativas, y pastiches, ensaladas, menjurjes cuyo trasfondo resulta ser uno y el mismo: las ideas.

Dice la lógica que la caja craneana del bípedo implume no es un saco desfondado al que van a parar tales ideas (aunque a veces sí), ni la habitación patas arriba de un adolescente poco dado a las escobas o a la cama tendida (aunque a veces también). Esa misma lógica, con rigor de matemático enclaustrado, se respira de buenas a primeras entre los pasillos, entre los estantes de una biblioteca, al punto de hacerse tan pesada que casi se podría tocar. Es la lógica del orden, de la organización, del viaje cultural planificado que parte de la A y finaliza en la Z. Entrar en una biblioteca, repito, es como pasear por un cerebro humano, y esa tarde de aventuras trae sorpresas de la mano, pues aquella lógica aplastante en más de una ocasión empieza a desandar caminos y a tomar atajos, callejuelas semioscuras, vericuetos menos claros para la razón.

Como en los quehaceres neuronales, el bosque de libros formando pasillos hace sinapsis, conjuga a la perfección temas, zonas del conocimiento, épocas y autores. La biología del cerebro y la sociología de una biblioteca bailan pegaditas el bolero donde en más de una ocasión saltan chispas, las mismas producidas cuando a partir de una cartografía milimétrica (mapa de la biblioteca ideal) asoma el cuerpo de lo contradictorio. No olvido un título hallado mientras hurgaba en la biblioteca de mi pueblo (Cómo enseñar a pensar), ubicado con exactitud al lado de otro cuya existencia se me antojó su antípoda: La muerte de la razón. Ambos, así como si nada, vivían sus existencias recostados el uno contra el otro, abrazados, diría yo, en medio de tamaños mundos excluyentes.

Pero eso no era todo. Con sólo avanzar unos pasos y echar la vista a un estante escogido al azar, Desarrollemos la lectura brincó cual liebre para de inmediato darme de nariz con Adiós a los libros. ¿Quién entiende tal saco de gatos?, ¿desarrollar lo que unos centímetros más allá muere en la despedida de los textos? Para remate, las contradicciones no se quedaron en contradicciones. Hubo más: todas las rarezas ganaron figuración. Así, entre sorpresa y sorpresa me vi de frente con Aprendizaje mediante el retroproyector (¿todo un libraco para semejante propuesta?), y además me saltó encima el colmo del surrealismo hecho sección de economía: La administración de lo absurdo. Como podrá usted suponer, lo anterior, aunado a Hágase rico en ocho días produjo fuego: tal mescolanza dio sus frutos, es decir, el mundo parado de cabeza que era esta biblioteca en la que convergieron, como en el "Aleph" de Borges, las más disímiles obras del pensamiento humano sin distingo, orden o sistematización alguna, entreveradas y fundidas en un solo punto que las contenía.

Sobre Aumente su autoestima y transforme su vida, agarradito de la mano con Los orígenes de la civilización, el clásico de V. Gordon Childe, tan historiador, tan erudito, tan British Academy, no pretendo pronunciar palabra. Así como un ser vivo es atacado por la esquizofrenia, ciertos desequilibrios siembran de cortocircuitos esas mentes silenciosas, polvorientas, denominadas biblioteca. Los pies en la cabeza, la chicha con la limonada tiene sus vías de aparición, y entre la materia gris que nos define y una sala atiborrada de libros note que la distancia es micrométrica. Entrar en una biblioteca, por supuesto, es como pasear por un cerebro humano.



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Las bibliotecarias

José Javier Rojas


Hay una escuela y todo, en la UCV. Pero yo no creo que ellas vengan de ahí. Ellas son una raza distinta, venida de otro planeta. Un planeta de tinta, papel, cola, hilo, cuero, microfilme y pergamino. Son demasiado distintas de las demás mujeres. No solo son bellas, cuando lo son lo son y mucho, sino que tienen una cualidad distinta que las separa de las mujeres comunes. Cuando saben, y por lo general saben, saben mucho y mejor que los demás, porque lo que saben lo comparten y se nota que lo comparten con gusto. El suyo es un placer nutricio y vital que mana de ellas como de las madres amorosas cuando lactan: su paz beatífica envuelve y da solaz al atribulado que busca en su consejo salir de la incertidumbre de si existe tal o cual incunable o cómo dar con una referencia que valide su investigación que va agarrada por los pelos y apenas si se sostiene. No te restriegan sarcásticas en la cara lo que saben, que ni pretenden castrarte con el filo del marco del título de su MBA o aplastarte las bolas con su tesis de doctorado para demostrar nada ni saldar ninguna cuenta. Estas son mujeres diferentes, porque aunque sean estrictas amas y señoras en sus dominios de silencio, estanterías y ficheros, son cómplices que nos alcahuetean y nos dejan ser, explorar y jugar apenas a cambio de un mínimo de cortesía y sindéresis.

Antes creía que las bibliotecas no podían existir sin libros, pero la verdad es que las bibliotecas no pueden existir sin bibliotecarias. En mi colegio hubo libros, estantes y ficheros, pero no supe lo que era una biblioteca hasta que llegué a la universidad. Ahí conocí a mi primera bibliotecaria. Fue entonces cuando supe que había llegado a una biblioteca al ver cómo ese universo de libros, revistas y documentos giraba y tenía sentido porque ella se lo daba. Mucho antes había oído en televisión a Carl Sagan hablar en su serie Cosmos acerca de Hipatia, la bibliotecaria de la Biblioteca de Alejandría, pero no fue hasta que me encontré con mi primera bibliotecaria y la vi en acción de Suma Sacerdotisa que entendí de qué iba la cosa esa de las bibliotecas. Las bibliotecas son templos donde oficia el conocimiento, y las universidades apenas si están puestas ahí para servirlas, y no al revés, como equivocados se creen quienes pasan por ellas tan de prisa como pueden (evitando, por supuesto, visitarlas, y lo peor es que muchos hasta lo logran, de ahí que haya tanto salvaje titulado y colegiado. Firme aquí, doctor).

Roald Dahl puso a la señora Phelps, la bibliotecaria, en el camino de los pasitos de Matilda, su telequinética heroína y lectora furibunda, para que la orientara en sus primeros viajes entre los mares de páginas. Hay por fortuna muchas señoras Phelps repartidas por el mundo, quienes anónimas casi todas, ven zarpar desde sus muelles con una sonrisa a innumerables Matildas que no se resignan a crecer en un mundo de ígnaros negados a otra cosa que no sea aturdirse con consignas políticas o con lemas comerciales. Las señoras Phelps están luchando todos los días por hacer lectores de niños embrutecidos por la negativa de sus padres a acercarlos a otra cosa que no sean manuales contables y máquinas registradoras. Sin las señoras Phelps, sin las bibliotecarias que mantienen a raya a los bárbaros, hace rato que las murallas habrían sucumbido ante sus embates. Las bibliotecarias son, en conclusión, nuestra última esperanza y la verdadera diferencia entre la barbarie y la civilización.

Tengo el honor de conocer a una de las mejores de todas ellas. Se llama Alice Boscán de Antonini, y en sus sesenta años de docencia, tiene casi treinta dedicados a ser bibliotecaria. Me atreví a nombrarla porque no quiero pasar por el mundo sin dar testimonio de la suerte que tuve de conocerla. Si alguna vez visita una biblioteca, ojalá tenga usted la buena fortuna de conocer a una bibliotecaria como ella. Tenga la seguridad de que se dará cuenta si tal es el caso, porque su vida se enriquecerá de formas que no hay manera de expresar.

Variaciones sobre el libro

Diego Rojas Ajmad


Me gusta pensar en las largas travesías que los libros hacen para llegar hasta nuestras bibliotecas. Recién salidos de las imprentas, un tejido azaroso de casualidades y destinos hace, cuales hojas en el viento, que los textos marchen hacia los cuatro puntos cardinales y de vez en vez se nos topen como caídos del cielo. Esa maravillosa magia pone en nuestras manos los libros menos pensados. Una vez acaricié, por ejemplo, “Crimen y Castigo” firmado por un recluso de la cárcel de El Dorado durante la década de los sesenta. En otra oportunidad saltó del estante donde adormecía la primera edición del libro “El círculo de los tres soles” de Rafael José Muñoz y, en una caminata dominguera, sobre la acera aguardando por algún comprador, me esperaba “El universo al derecho”, de Jorge Crespo Vivas, cuyo autor, venezolano, intentaba demostrar que nuestro planeta era plano, como una moneda.

No recuerdo por cuáles vías llegó a mi biblioteca el libro titulado “Ovnis”, de Antonio Nicolás Briceño Vásquez, impreso en Mérida en 1969. El libro de Briceño, en sus 71 páginas, constituye un libro de divulgación acerca de la posibilidad de vida extraterrestre y de los viajes interplanetarios. En diversos temas que van desde la teoría del origen de la vida, pasando por la exobiología y la astronáutica, Antonio Nicolás Briceño manifiesta en ese libro un enorme interés por las naves espaciales, interés surgido, como lo dice el mismo autor, desde el momento en que fue testigo del avistamiento de un platillo volador en la Sierra Nevada, en Mérida, en el año de 1964, y cuya imagen plasmó en la portada del libro. Ese ferviente interés le llevó a iniciar una relación epistolar con George Adamski, célebre investigador norteamericano de la ufología. Antonio Nicolás Briceño Vásquez, tal cual como indica la contraportada del libro:


“Nació en Trujillo, Venezuela. Hizo estudios superiores alternándolos con viajes por toda Suramérica, Norteamérica y Europa. Formó parte de la primera promoción de Licenciados en Historia de la Universidad de Los Andes. Hizo postgrado en Alemania y Suiza. Actualmente reside en Mérida”.

Pero hasta ahora el libro no presenta mayor curiosidad ni se distingue de la inmensa bibliografía sobre el fenómeno ovni, a no ser que conozcamos la otra parte de la historia. Hacia la década de los setenta, Briceño Vásquez se desempeñaba como profesor de Universidad de Los Andes. El primero de junio de 1976 salió temprano de su casa en su Volswagen a cumplir con sus actividades docentes. Misteriosamente desapareció. Poco tiempo después encontraron su “escarabajo” estacionado en un parque cercano. La Policía Judicial y otros cuerpos de investigación hasta el sol de hoy no han podido dar una explicación valedera sobre el caso. La imaginación popular comenzó a urdir la posibilidad de un secuestro extraterrestre motivado por la información que tenía en su poder el investigador trujillano.

Existen notas sobre el episodio en la prensa regional y nacional de la época. Interesante tema para la investigación...


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Esta tarde, entre los anaqueles de una librería, la intriga me invadió al hallar un libro en un lugar equivocado: encontré la "Metafísica" de Aristóteles en la sección de autoayuda. Ese hecho -en apariencia inocente y superficial- había iniciado en mí una larga reflexión. Cual Auguste Dupin en busca de la carta robada, comencé a buscar las posibles causas del incidente: ¿Un empleado de librería al que le gusta leer poco y que relacionó la "Metafísica" de Aristóteles con la de Conny Méndez? ¿Un simple problema de espacio que hizo compartir anaquel a "El caballero de la armadura oxidada", "El buho que no podía ulular" con el estagirita?

Inmediatamente evoqué una frase de Luri Lotman que me costó entender tanto en mis estudios de postgrado. Lotman, el reconocido semiótico de la cultura, habría afirmado en un artículo titulado "El texto y la estructura del auditorio", de 1977, lo siguiente:


"Es evidente que, cuando no coinciden los códigos del remitente y el destinatario (y la coincidencia de éstos sólo es posible como suposición teórica, nunca realizable a plenitud absoluta en el trato práctico), el texto del comunicado se deforma en el proceso de su desciframiento por el receptor".

Si, según Lotman, todo texto es irremediablemente "deforme", pues la conclusión es que cada lector hace con los textos lo que su comprensión le sugiera. De ahí la polisemia, la cual reviste de múltiples significados a la literatura.

Cada vez que un lector pasa sus ojos por las líneas de un libro, en ese mismo momento reelabora la obra que ha abandonado el primer autor.

La literatura se reescribe permanentemente y quizás por eso la "Metafísica" de Aristóteles aún no ha dicho todo lo que tiene que decir. No existe, por lo visto, obra definitiva...


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Pudiera hacerse la historia de la ambición y la creatividad humanas elaborando una lista de temas aparecidos en la bibliografía universal. ¡Qué de luces nos ofrecería estudiar, por ejemplo, el pensamiento moderno de principios del siglo XX a través del “Ulises” de Joyce. O comprender el paso del feudalismo al capitalismo con la lectura del Quijote!

Si continuamos con este criterio, cómo podría entenderse la presencia en Caracas, en 1956, de un libro titulado “El universo al derecho”, de Jorge Crespo Vivas, y en el cual se intenta demostrar con cálculos, citas y otros argumentos que la Tierra es en realidad plana?

Oigamos al mismo Crespo Vivas resumir las 346 páginas de su libro publicado por la Imprenta Nacional, diciéndonos sin más señales el propósito del texto:


“Nuestra sincera oposición al sistema astronómico establecido, el cual está fundado en un castillo de teorías inverosímiles y a la vez interminables, desde luego que cada astrónomo por llenar cuartillas o hacer más confuso e incomprensible el sistema establecido, presenta cuanta teoría le sugiere el pensamiento, ya de carácter alarmante o no, con sólo dar por sentado el movimiento de la Tierra y, por tanto, su redondez esférica. (…) una Tierra que, desde nuestras primeras miradas, pasos y acciones nos dice lo que es: plana e inmóvil. Mas al avanzar en edad y entrar en estudio y coger una naranja, nos convencemos una vez más y sin esfuerzo alguno, que no puede ser como ella, desde luego que aun difícilmente podemos conservarnos largo rato parados sobre una esfera, con el iten de que al descender de ella si no lo hacemos de un golpe, corremos con el peligro hasta de perder la vida, o por lo menos, el de salir muy mal parados. Esto, estando en pleno reposo; y si es en movimiento, más ligero comprendemos que nuestra Tierra no se mueve y ni es redonda, desde luego que claramente observamos que ni con la imaginación podemos colocarnos sobre ella”.

Quizás en nuestro continente, en la década de los 50, época de oro de las dictaduras latinoamericanas, el mundo se veía plano, uniforme, sin arriba ni abajo, sin diversidad. Un mundo “ancho y ajeno”...


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Ojeando un viejo texto de Svend Dahl que lleva por título “Historia del Libro”, me topo con una frase enigmática, desubicada, puesta allí como quien consigue un tomo de la “Critica de la razón pura” en medio del montón de revistas de un consultorio odontológico. La frase dice así: “El que Herodoto, en su descripción de Egipto, no mencione los papiros es prueba de que éstos eran un fenómeno cotidiano en su país”. Hasta ahí la frase. Nada. Ni una palabra más que argumente lo dicho, como si fuese cosa nimia lo expresado. Si el silencio es prueba de la existencia, debe encontrarse entonces un mundo vasto detrás del mundo que los sentidos nos muestran en el bullicio festivo de lo cotidiano. Pareciera que ante tantos signos los sentidos se adormecen, se aburundangan, y comienzan a desaparecer de la realidad los objetos que ya son habituales en nuestro espectro visual. La lámpara de noche que lleva ya tres años en la esquina del dormitorio, ha desaparecido de tanto verla en su perpetua inamovilidad. El sofá de la sala es un ente metafísico, inexistente, que anuncia su presencia cada vez que hay que barrer debajo de sus patas. “La cotidianidad nos teje telarañas en los ojos”, habría dicho el poeta argentino Oliverio Girondo, optando por la sorpresa, el extrañamiento, el asombro; nuevas miradas como solución a la desesperanza contemporánea.


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Una noticia de vieja data ha llegado hasta mí y me ha sorprendido enormemente, tal como si se tratara de un acontecimiento inesperado. La noticia es ésta: en México, específicamente en Nezahualcóyotl, la Alcaldía ha implementado un programa para elevar el nivel cultural de sus 1.200 agentes policiales a través de la lectura. Para que un policía pueda ascender debe leer un libro por mes. "Y no cualquier libro, dice el portavoz de la Alcaldía, sino las obras de grandes de la literatura, como los mexicanos Juan Rulfo y Octavio Paz, el colombiano Gabriel García Márquez o el estadounidense Truman Capote, entre otros". El funcionario policial debe demostrar que ha leído un libro al mes por medio de un examen oral o escrito.

Esta noticia me hace recordar la frase de Daniel Pennac que dice: "El leer, así como el amar, no acepta el imperativo". Nadie puede obligar a otro a "leer", a ir más allá de la vocalización de las letras impresas sin llegar a la comprensión íntima del texto.

Buena intención, pero no creo que tenga un final feliz... ¿O sí lo habrá tenido después de haber transcurrido varios años de este experimento?


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La oralidad, para los antiguos, era la dueña y señora de los dominios de la cultura y se servía de la memoria como práctica que aseguraba la existencia de su identidad. El anciano de la tribu que ante el fuego hablaba de los tiempos de la creación a los más jóvenes, tenía necesariamente que mantener la misma historia, en sus fundamentos generales, en la noche siguiente; así preservaba la tradición de su comunidad y permitía mantener con vida el vínculo cultural de su pueblo. En la antigua Grecia, por ejemplo, se tenía por obligatorio en sus escuelas que los alumnos aprendieran de memoria los poemas de Homero; en la Edad Media, en la Universidad de Salamanca, uno de los requisitos para que una persona pudiera dar clases en sus claustros era que recitara de memoria las obras de Aristóteles; y un último ejemplo para ilustrar la importancia de la memoria y la oralidad en la Antigüedad es el caso de Itelio, un rico de la antigua Roma quien era dueño de una biblioteca, pero su biblioteca no estaba formada por libros, sino por doscientos esclavos memoristas. Cada esclavo sabía de memoria un libro entero.


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En la Sala de Libros Antiguos de la Universidad de Los Andes, en Mérida, se encuentra un conjunto de textos que data del siglo XVI y que muestra una gran variedad de temas: Derecho, Filosofía, Teología, Física, Medicina, Literatura, Historia... Estos volúmenes provinieron de la biblioteca del Seminario de San Buenaventura, germen de la hoy Universidad de Los Andes; textos que pertenecieron a las órdenes de los jesuitas, los dominicos, los agustinos, y de las donaciones de Fray Juan Ramos de Lora (617 volúmenes), Cándido Torrijos (2940 volúmenes), Hernández Milanés, entre otras. Esta cantidad de obras disminuyó por las guerras de Independencia y Federal, pues el papel en esos momentos tenía por prioridad la hoguera y el chopo. Uno de los más antiguos que se conserva en la ULA es un legajo al que le falta la portada y las veinte primeras páginas. Es un medio folio con cubierta de pergamino, papel basto y encuadernación primitiva. El texto está escrito en latín y realizado a dos columnas con caracteres góticos de tres cuerpos. Los doscientos folios que se conservan poseen numeración romana. Gracias a las investigaciones realizadas en la década de los setenta por Agustín Millares Carlo, basado en el texto de Juan Manuel Sánchez, Bibliografía aragonesa del siglo XVI, en donde aparece en versión facsimilar la portada del texto que nos ocupa, podemos transcribir el título del mismo, el cual es: “Magistri didaci Diest questiones phisicales super Aristotelis textu(m) sigillatim om(n)es materias ta(n)ge(n)tes in quibus difficultates que in theologia alijs scientijs ex phisica pendent discusse suis lucis inseruntur”. Su autor es Diego Diest y tiene por lugar y fecha de impresión a Zaragoza en 1510. El texto trata de la física de Aristóteles, de los meteoros y de la generación y corrupción del alma.


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Un letrero de madera adornaba el dintel de la Biblioteca de la Universidad de Los Andes en el siglo XIX. El aviso decía, en tono esperanzador: “Farmacia del alma”...


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Pasaje de Cacería y Laúd

Joaquín Ortega


Cae la tarde y al irse rebajando el peso del sol, son pocos los temas sin exponer y marginar por tres amigos: la ceromancia y las miradas de las bestias, los carromatos y el poder de yugo de las doncellas, la falsa fortuna y los tajos de las espadas sarracenas.

Así, bajo la sombra decreciente del árbol que da mil cruces, se tira del tiempo como una venda que cubre el novísimo de los tedios.

Parabellum: En el arte de la matemática también abundan respuestas al Verbum Dimissum…

Quinto: Si lanzáramos al aire cada quien una moneda, sólo habría veinticuatro arreglos numéricos posibles…

Dalmacio: A ver, echad al aire indistintamente y tomemos nota de ésta prueba de cálculo, puesto que de trece veces que apareciera una cara, tan sólo once saldría una cruz…

Parabellum: Eso sí quisiéramos prever las combinaciones, pero variadas y más largas serían las operaciones de lanzamiento y notación de los resultados…

Quinto: Interrumpo, que sólo veríamos combinaciones como así medito: tres caras, dos caras y una cruz…
Parabellum: Cara, cruz y cara…
Dalmacio: Cruz, cara y cara…

Quinto: Cruz y dos caras…

Dalmacio: Cruz, cara y cruz…

Quinto: Dos cruces, una cara y …

Parabellum: Tres cruces…

Dalmacio: Si la tarde que refresca nos permite, y haber bebido de la misma calavera nos convierte en observadores de la misma cumbre, desistamos de la marea numérica…

Quinto: Ya lo sé buen amigo, figuremos una República ideal…

Dalmacio: Más bien, una biblioteca fantástica…

Todos: ¡Bien vale!

Parabellum: Sí, dispongamos nuestra atención de buen modo que apreciemos el olor fresco del óleo, los pliegos de maderamen recubiertos de alquitranes grabados…
Dalmacio: Los cuatro elementos conjugados a la luz de fanales con base de agua…

Quinto: Con luz fuerte y conveniente de día y grasa ilimitada para alimentar al lector nocturno inspirado por el salmista:

Todos: “Mirad, bendecid al señor, vosotros, todos sus siervos, los que en su casa estáis por las noches”…

Parabellum: Propongo leer el libro que contiene todos los sueños -descriptivos y nocturnos- de aquellos célibes que pretendieron ajenas mancebas…

Quinto: Y yo pido recitar, uno a uno, los libros que contienen el nombre de terceros libros, pero nunca aludidos en relación a su contenido, sino sólo a partir del número de menciones en otros labios…

Dalmacio: Me inclino por los que narran las cosas que nos van aconteciendo mientras se examinan…

Quinto: Y pasaría mis ojos por los que enseñan la matemática profunda de los números inútiles…

Dalmacio: Y por los sin ley ni dioses, los que desordenan los códices inclasificables con espíritu y afán de confusión…

Parabellum: Conmigo llevaría los que apuntan la verdad sobre la mentira y aclaran con engaño las verdades cortas…

Dalmacio: Daría a la vista de los justos los tratados que enseñan la gramática de las lenguas sin sonido y que no son de utilidad, sino a los que de ningún modo les toca comunicarse…

Parabellum: Haría larga espera por ojear los compendios que nos ubican en la geografía de continentes cenagosos, que mudan tanto de animales como de nombres…

Dalmacio: Compraría los cartapacios para vírgenes que profesan la teología de las hormigas, y que al igual que ellas, se llevan a la espalda las hojas impresas como dulce…

Parabellum: Y agregaría… que al devorarlas, logren entenderlas desde el gusto…

Dalmacio: Buscaría aquellos tomos que se ilustran por el lector y nunca apellidan de maneras idénticas a las imágenes…

Quinto: Y los que barajan partituras solo capaces de ejecutarse en las clausuras de instrumentos herrumbrados…

Parabellum: Haría feria con aquellos cuerpos de páginas espontáneas, que mientras más se repasan más páginas engendran…

Quinto: Desecharía los libros cuyos lomos lo insinúan todo…

Dalmacio: Y me hallaría de saltimbanqui entre los libros que coleccionan fracasos empíricos y éxitos incógnitos…

Quinto: Procuraría arriesgarme frente a los tejidos de piel e hilo, ahítos de astronomía, y que al revisar sus cálculos, se corrige al mismo tiempo el curso de las estrellas…

Parabellum: Perseguiría aquellos ejemplares indóciles que corren a caballo sobre mapamundis, y que bienaventurados, flotan para darle refugio a los náufragos del conocimiento…

Dalmacio: ¡Libros que muestran lo que han escrito todos los hombres sobre todos los hombres y al revés en el álgebra!

Quinto: ¡Pensaría libros mentales que se rumian a sí mismos sin saberse comprensibles…!

Dalmacio: E incapaces de poder consultarse…

Parabellum: A erradicar los libros empeñados en su pedantería de ninguna vez referirse a nadie…

Quinto: A beber de libros húmedos, mágicos e instantáneos, los que viven en goteros y entran por los ojos como enciclopedias colmas…

Parabellum: A sacudir los porta letras que novelan cuentos, que biografían hombres sin obras ni truenos y catalogan descripciones indescifrables…

Dalmacio: A contender con aquellos que buscan erradicar los errores y al nunca equivocarse, son ellos mismos los que se condenan a un cajón de excepcionalidades…

Quinto: ¡Libros que se ocupan de casas, templos y castillos y de tanto vivir dentro de ellos no dejan espacio para ser hogar de las palabras…!

Parabellum: ¡Libros rápidos que siempre están detrás de los lectores al darle ya dos vueltas al porvenir…!

Dalmacio: Libros que explican el sonido en cavidades donde sólo se mezclan pociones para muertos…

Quinto: ¡Brindo por los alfabetos artísticos sin valor para el arte y por los libros horrendos con valor para el hades…!
Parabellum: Beligerancia para los libros de guerra, que viven en tregua con sus vecinos y marchan rompiendo líneas pusilánimes…

Dalmacio: Por los cartillas difíciles que coronan el acto de las aguas sin flujos ni fragmentos…

Quinto: Por los silabarios icosaedros que ruedan de los anaqueles ofreciendo capítulos en múltiples pirámides…
Parabellum: Por los libros que consumen el tiempo, como devoradores de aliento y tragadores de fuego…

Quinto: ¡Vaya un beso nocturno a los libros de amor que todos odian y los de gimnástica inane que nadie festeja…!

Dalmacio: ¡Yo pagaría con años de mi alma eterna los libros huecos, con las gafas dentro que permiten ver la biblioteca de la que hacemos mención…!

Parabellum: ¡Hasta la muerte caballeros, ruge por saber de silencio en la plegaria!

Quinto: ¡Por la resurrección!

Dalmacio: ¡La gloria!

Parabellum: ¡Y el desenlace!

Cae la noche y al irse inflamando el paso de la luna, son muchos los temas ensayados por los tres: la ceromancia y las miradas de las bestias, los volúmenes grotescos, los que pudieran escribirse, los muy llevados…

Cucarachas newyorkinas

Carlos Zerpa



Llegué a Nueva York en 1981 con la idea de quedarme por un tiempo largo, estudiar inglés y participar del acontecer artístico de esa fabulosa ciudad.

En realidad estaba invitado a participar con mi performance "Welcome Ms. Nation" en el "XV Avant Gard Festival" organizado por Charlotte Moorman en esa ciudad y yo había decidido felizmente irme a la ciudad que nunca duerme.

Al llegar fui hospedado por un querido amigo de mi juventud… Más que un amigo un hermano… MARKO.

Llegué a su loft en Tribeca, al lado del bar "Go Go Girls" en Manhattan, con una botella de ron "Caballito Frenao" como obsequio y de inmediato él me asignó mi cuarto. Al caminar me di cuenta que todo el piso de madera estaba cruzado de gruesos cables anaranjados y negros que salían de los enchufes múltiples cual cabelleras.
Los cables atravesaban y se entrecruzaban, trepaban por los muros y llegaban a todos los rincones para alimentar a las lámparas y reflectores de alta potencia… Todas encendidas a la vez, parecía un estudio fotográfico o una instalación de Boltanski.
Todas las luces encendidas hacían que uno se sintiera en un set cinematográfico o en el desierto del Sahara.

Estaba extrañado de esta costumbre de mi amigo de tener día y noche todas las luces encendidas y de saber que en ese lugar se dormía con las luces encendidas. Me quedé inmóvil con mi equipaje en la mano sin atreverme a dar un paso más.

Mi amigo al verme atónito me dijo: "Es por las CUCARACHAS… Para que no salgan".

Dejé la maleta en el piso, le di la botella de ron y a causa del calor, del viaje del verano en la ciudad y las luces, me dirigí a la nevera a buscar un vaso de agua fría. Al abrirla me encontré que la nevera estaba llena de libros. Él la había convertido en una biblioteca que enfriaba libros…

"Es por las CUCARACHAS… Para que no se metan dentro de los libros", me dijo.




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